Un mal ejemplo

Paloma MarínPaloma Marín
abril 8, 2010
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Robespierre. La muerte es el comienzo de la inmortalidad.

O de un viaje. Según se mire.
Y si no que se lo digan a Curt Willi Jarant, un anciano de 91 años que estuvo a punto de coger un vuelo el sábado pasado, a pesar de haber fallecido el día anterior.

Porque a esa edad uno no está ya para discusiones…y si tu mujer y tu hija se empeñan en subirse a un avión, pues uno se sube. Sin rechistar.
A ver si es que ahora estar muerto va a ser impedimento de nada. Menudas son.

Además, seguro que pasan desapercibidos…nadie tiene por qué enterarse. Sólo hace falta sentar el cadáver de Wili Jarant en una silla de ruedas, encasquetarle unas gafas de sol… y decir que está dormido, en caso de que a alguien se le ocurra preguntar.

Y así, en base a esta línea de pensamiento y a esta depuradísima técnica, se presentaban dos mujeres en el aeropuerto John Lennon de Liverpool, este fin de semana, dispuestas a embarcar a su pariente Curt rumbo a Berlín como si se tratara de un pasajero más.
¿Por qué no?

Pena que al llegar al mostrador de facturación, los empleados, que siempre tienen que andar metiéndose en todo, vieran con malos ojos el insignificante, y apenas perceptible hecho de que este hombre había dejado de respirar…y se negaran por tanto, a admitirlo en la lista de vuelo.
Valiente discriminación, desde luego.
Y mira que las acompañantes del pobre Curtis insistían en que el anciano estaba sólo echando una cabezadita…pero nada, cuando al personal de aeropuerto le da por sospechar, no hay quien lo pare. Así que claro, hubo que llamar a la policía, esperar que viniera, explicar la situación, poner infinitas denuncias…y lo peor de todo: hubo que quitarle las gafas a Curt para comprobar que, efectivamente, vivo no estaba.

Ambas mujeres están ya en libertad y parece ser, según ‘The Times’, que semejante derroche de truculenta creatividad empezó a fraguarse cuando Curt pasó a mejor vida (que no a mejor situación económica) y sus parientes, de origen alemán, descubrieron lo que costaba el traslado y repatriación de un cadáver3.300 euros. Uno detrás de otro.
Y de la burocracia ni hablamos.

Ahora: Dada la situación bien se podría, en este punto, abrir una discusión acerca de qué resulta más grotesco: dos alemanas con un muerto disfrazado en mitad de un aeropuerto…o el más de medio millón de pesetas al cambio, que parece ser que vale desplazar un cadáver.
Porque andar trasegando familiares fallecidos por distintas terminales del mundo, no es un procedimiento de altísima moral… pero exigir una fortuna ante la necesidad de devolver a un difunto a su país de origen, para entre otras cosas, no celebrar un funeral desierto…tampoco es honesto lo que más.

Y precisamente porque este tipo de situaciones existen, se dan, y hasta salen en la tele… La Universitat de Girona acaba de estrenar un Taller de Ética Aplicada. Porque una cosa es tener férreos principios en teoría… y otra, demostrarlo en la vida real.

Es el caso, por ejemplo, de estas dos aguerridas alemanas que trataron de resolver su propio dilema moral usando el infalible plan del muerto durmiente. Jugada que sin embargo, bien hubiera podido resultar si tenemos en cuenta que el taxista que hizo el traslado de este trío cómico hasta el aeropuerto no se percató, en los 45 minutos que duró el trayecto, de lo poco que quedaba ya de Curt.

Y es que ya lo dijo el escritor François de la Rochefoucauld: “Ni el sol, ni la muerte pueden mirarse fijamente.” Así que si ya, a un anciano exiguo le ponemos unas Ray-Ban… imagínense.

Puede pasar cualquier cosa.

Fuente foto: Stock.xchng

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