Las leyendas del Toledo mágico: las Cuevas de Hércules y la maldición de los árabes

Cecilia GregorioCecilia Gregorio
mayo 21, 2010
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Cuenta la leyenda que, durante la Edad Media, Toledo estaba habitado, en su submundo, por monstruos tenebrosos, habitantes fantasmagóricos y extraños seres que se reunían en las profundidades más sórdidas de la ciudad imperial para practicar aquelarres.

En un lugar recóndito de la ciudad existía un palacio encantando, edificado por el héroe romano Hércules. Un lugar maravilloso, forrado con losas de mármol y jade, que albergaba en su interior los más asombrosos tesoros que se pueden imaginar. El héroe romano guardó un gran tesoro, cerró las puertas con un gran candado y lo ordenó vigilar por diez guardianes.

A partir de entonces cada rey que lo sucediera debería guardar, en las llamadas Cuevas de Hércules, su tesoro más preciado y lo protegería con un nuevo candado cada vez, porque una maldición caería sobre aquel que lograse entrar en la estancia. Así, en aquel misterioso lugar, dicen que se hallaba la mesa del Rey Salomón, regalo de Dios por la construcción del templo de Jerusalén hecha de madera, oro y piedras preciosas. Sus poderes iban más allá de la imaginación: era capaz de construir túneles, producir lingotes de oro o visualizar acontecimientos del pasado o del futuro. También estaban allí guardados los tesoros de los reyes visigodos: coronas engarzadas de oro con grandes rubíes, esmeraldas y diamantes, joyas, monedas y todo tipo de utensilios hechos con metales nobles.

Este templo permaneció, por los siglos de los siglos, oculto en las profundidades más remotas de Toledo. Pero resulta que un día, la curiosidad mató al gato. En este caso se trataba del último rey visigodo, Don Rodrigo, que, conocedor de la leyenda, comenzó a buscar este monumento repleto de tesoros y una oscura noche encontró la dichosa puerta de hierro cerrada por mil candados. A pesar de la inscripción en griego, que rezaba “No te acerques si temes a la muerte”, el inconsciente rey se arriesgó y atravesó las cuatro estancias para llegar a un resplandeciente arca que contenía un lienzo blanco en el que aparecían pintados guerreros luchando con lanzas y flechas vestidos a la usanza árabe.

Este mensaje, según narra la leyenda, era un anuncio de la invasión de los árabes que finalmente tomaron Toledo unos cuantos años después. En el año 711 y tras duros enfrentamientos y asedios. Durante los siglos posteriores, las tres grandes culturas medievales (musulmana, judía y cristiana) convivieron en la ciudad con más o menos problemas. Gracias a esta convivencia y al interés por el conocimiento y la difusión de la cultura se creó la Escuela de Traductores de Toledo. Fue en el siglo XVII, gracias a una iniciativa de Alfonso X el Sabio, en la que árabes, judíos y cristianos colaboraron conjuntamente en la traducción de las principales obras de la filosofía y la religión arábiga. En este centro de difusión del conocimiento se tradujeron tratados matemáticos, astronómicos, físicos y de alquimia, de autores tan reconocidos como Aristóteles, Alfarabí o Avicena.

La labor de la Escuela de Traductores se ha prolongado a lo largo de los siglos y, en la actualidad, aún se siguen estudiando y analizando los escritos árabes. De hecho, dentro del Curso intensivo de árabe que se desarrolla desde el mes de septiembre, se imparte esta semana un taller de caligrafía árabe. El experto calígrafo marroquí, Said Messari, explicará los diferentes estilos caligráficos, desde la escritura andalusí-magrebí que se puede observar en la Sinagoga del Tránsito y el Taller del Moro como las líneas paralelas, verticales y horizontales con carácter decorativo.

Para aquellos que tras el curso deseen conocer la cultura árabe en Toledo que se den una vuelta por la Mezquita del Cristo de la Luz, en proceso de restauración. Un edificio de mil años, único en el mundo, en cuya fachada se encuentra en caligrafía árabe la firma de su arquitecto. Un lugar con mucha historia, y con una leyenda sobrecogedora e increíble. Si os apetece la próxima vez os la cuento…

Fuente foto: Toledo-Turismo

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