Disculpen las molestias

Paloma MarínPaloma Marín
septiembre 2, 2010
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Qué cosas. Uno se pasa la vida intentando formarse y al final acaba cayendo en situaciones ridículas. Como la que presenció mi hermano el otro día.

“Buenos días, ¿puede usted acercarse a nuestra oficina? Le informo que su solicitud de beca para estudiar inglés ha sido aceptada”
Era un instituto de mucho renombre. La secretaria de su sede en Madrid, para ser más exactos. Una mujer aparentemente amable que escondía, sin embargo, un oscuro secreto.

Lógicamente mi hermano acudió a la cita. Contento. Pensando que después de haber estado un año viviendo en Holanda, un curso de estas características podría venirle muy bien para afianzar, para no oxidarse.

Así que dejó a un lado las cosas que esa mañana tenía que hacer y automáticamente llamo a mi madre. Porque según le explicaron por teléfono, debía presentarse con algún familiar que se hiciera cargo del desembolso de la parte no becada del curso, ese mismo día. Una parte que, por cierto, la amable secretaria había insistido en no revelar y por tanto, ni mi hermano y ni mi madre conocían aún.

Y así, a ciegas, llegaron los dos a la misteriosa oficina. Les abrieron la puerta, les saludaron cordialmente y les hicieron esperar una hora antes de ser atendidos. Cuando al fin llegó el esperado momento ambos recibieron una grata sorpresa: “Bien, nuestros cursos tienen una duración de tres semanas y un coste de 1.500 euros, pero no se preocupen porque a usted le vamos a dar un beca de… (pausa dramática) el 90%”  Genial. Si, definitivamente habían hecho bien en interesarse por esta escuela en concreto. Estaban en el sitio adecuado. Así da gusto.

“Aunque, claro, le informo que si está interesado es requisito fundamental formalizar la matricula en este preciso momento para que no se quede usted sin plaza. Estamos teniendo mucha demanda.” Normal, eso podían comprenderlo. “Son 300 euros”. Eso ya no.

¿Les iba a costar más la matricula que el propio curso?
Aunque, en realidad… sumándolo todo y con la beca, las clases serían unos 450 euros… Una cifra asumible, razonable… Y siguieron con la conversación.

“Perfecto éste es el impreso de matrícula, mientras lo rellena por favor, le informo que asimismo es necesario asumir otros gastos extra, derivados del material escolar”  Ok, uno no puede aprender inglés sin un libro, un cuaderno…“Serían otros 600 euros

Y entonces todo se desmoronó. La farsa y el interés.
La mañana entera empezó a chirriar y mientras la ya no tan amable secretaria luchaba por devolverle a mi familia la ilusión por el Reino Unido en general, y por el curso en particular, mi madre y mi hermano no daban crédito. ¿Será que me van a dar lápices bañados en oro? ¿Fotocopias en hilo de plata? “Lástima: la oferta es tendedora pero no puedo aceptarla.”

Y aunque a mi hermano le hubiera encantado aprender inglés con un libro escrito por el mismísimo Shakespeare de su puño y letra (algo que habría justificado los 600 euros en material) se vio allí mismo teniendo que renunciar. Se despidió de una beca que nunca fue tal, dijo adiós a la secretaria y siguió con su vida y su mañana.

Como es hombre de buen carácter, situaciones como éstas no consiguen enfadarle. Más bien le causan risa. Porque más allá de la burda trama para captar alumnos en época de crisis, que se escondía detrás de esta supuesta y jugosa beca del 90%, hay toda una serie de personas tomándoselo en serio. Quiero decir: existe una oficina física, real, con empelados de carne y hueso, cuyo trabajo consiste en pasar las horas muertas con este tipo de engañiflas y triles estudiantiles esperando a que alguien pique. Y lo mejor de todo es que alguien lo hará.

Alguien a quién desde aquí recomiendo: “Aprende a aprender” de la Universidad de Cantabria. Una alternativa de autogestión, obvia a primera vista, pero fundamental en los tiempos que corren, cuando hasta para buscarse cursos de formación es necesario ir sobre sabido.

Suerte al instituto y suerte a la secretaria. Porque no todo el mundo es capaz de reaccionar tan educadamente ante el hecho irrefutable de que le tomen por idiota y le intenten estafar ante sus propios ojos, y los de su madre.

Suerte porque, sí, en este país necesitamos aprender inglés pero hace ya tiempo que sabemos contar. Una cosa es una cosa y seis media docena.

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