Mucho ruido y pocas nueces

Paloma MarínPaloma Marín
mayo 7, 2010
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Tienen L-casei, inmunitas, Omega 3 y Esteroles Vegetales.
Combaten el colesterol, activan las defensas… Protegen el corazón y viceversa.
Son el padre nuestro de la industria alimentaria.

Víveres aderezados con toda suerte de sustancias y una misma promesa: salud.
Salud en mayúsculas. Salud para todos: niños y ancianos, hombres y mujeres, para el gato bombero y el perrito piloto.

Es, dicen, comida terapéutica y ha venido para quedarse. Actimel, Vitalinea, Danacol y un larguísimo tren de etcéteras.

Todopoderosos botecitos de colores que van a salvarnos la vida, que dan alas al cojo, curan cánceres y resucitan muertos. Pequeñísimos tarros de distintos sabores que quitan el hambre, dispensan juventud y van a pagar tu hipoteca.

Alimentos funcionales, les llaman, y su consumo no para de crecer. Han invadido estanterías, refrigeradores, baldas y escaparates. Supermercados enteros.
Se habla de ellos en términos históricos, como de leyenda. Son el Dorado. La última esperanza blanca del bienestar sin sacrificios.

Y la gente pica. Creen y quieren creer. Los piden, los buscan y los compran sin control. Como si no hubiera mañana. Los mezclan, los combinan, les ponen velas, levantan altares y les rinden culto. Son el Mesías del siglo XXI.

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