No era tan tonta la caja

Paloma MarínPaloma Marín
febrero 4, 2010
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La televisión se ha instalado como absoluta protagonista, en los mass media y en nuestra vida. Y ahora, desde el podio, nos mira con irreverencia.

Se jacta. Sabe que de ninguna manera va a devolvernos el control pero puede que no entienda, siquiera, por qué queremos quitárselo. Después de todo, nosotros construimos su pedestal, nosotros le hemos dado todo lo que tiene.

Nosotros, tenemos en casa más teles que habitaciones.

Encender la pantalla se ha convertido en un gesto automático. Convivimos ante una emisión constante entre la que se desarrolla, como puede, la vida cotidiana. Ya no cabe duda, es la reina de la casa.

El entretenimiento llevado al extremo. El ocio como vicio. La televisión.

Le dimos la mano y nos cogió el brazo. La hemos dejado crecer en rebeldía al impune amparo de la libertad de expresión y ahora que se han convertido en una cosa zafia, grosera y carente de sentido, queremos empezar a limitarla.

Ahora queremos que aprenda a distinguir entre el bien y el mal y queremos que se comporte en sociedad. Ahora.

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